La guerra en Oriente Medio ha estallado. Sana Basim, Directora de Programas de Islamic Relief Líbano se encuentra temporalmente aislada en Pakistán. Es en este momento que Basim considera volver al Líbano, un país cambiado, que una vez más, pone a prueba la fortaleza de su pueblo.
Después de varios días, se confirma la validez de mis billetes de avión. Me preparo para este viaje movida por una mezcla de miedo, compasión y preocupación. Sobre todas mis emociones se cierne una verdad inamovible: Debo regresar a Beirut. No podría ni imaginarme estar lejos de las personas a las que he estado ayudando y de los compañeros con los que he trabajado codo con codo durante casi 3 años. No en un momento como este.
Había dejado Beirut para atender brevemente un asunto familiar en Islamabad pero, de repente, la guerra estalló. El espacio aéreo sobre Dubái quedó cerrado, los vuelos se suspendieron y yo me quedé atrapada, incapaz de regresar e incapaz de quedarme de brazos cruzados. Me puse inmediatamente en modo emergencia; redactar propuestas, preparar presupuestos, coordinar el flujo de mensajes en línea, organizar distribuciones, apoyar a mi equipo desde lejos. Nos mantuvimos siempre conectados, incluso a pesar de los largos días del Ramadán y la diferencia horaria de tres horas. Me mantuve al tanto del bienestar de mis compañeros, sus familias, el lugar en el que iban a dormir, y si estaban ofreciendo un techo a familiares que habían sido forzados a huir.
Cuando por fin conseguí un billete de vuelta, la diferencia se podía palpar desde el momento en que embarqué. A los libaneses se los conoce por encontrar siempre un motivo para cantar y unirse, incluso en los momentos más difíciles, pero esta vez era diferente. El avión estaba sumido en silencio. La tensión se sentía en el ambiente. La que normalmente era una Beirut brillante, ahora yacía tenue y apagada en el cielo nocturno. Algunos pasajeros celebraron el aterrizaje, pero el silencio que sobrevino fue mucho más estremecedor que ese aplauso mudo.
En el camino de vuelta desde el aeropuerto hasta mi casa, el cambio me golpeó de nuevo. Beirut, la ciudad que nunca duerme, estaba callada. Muchas tiendas estaban cerradas, las calles estaban apagadas y las carreteras prácticamente desiertas.
Superar la crisis ayudando a los demás
A la mañana siguiente, viajé a la ciudad costera de Saida para visitar una escuela pública que ahora albergaba a unas 300 personas desplazadas. Todas y cada una de las 25 aulas se habían convertido en espacios destinados a las personas afectadas. Los niños jugaban en los pasillos mientras sus familias buscaban orden entre el caos.
En medio de todo el alboroto, una mujer se sentaba sola en las escaleras, hablando suavemente consigo misma. Los voluntarios me contaron su historia: había perdido a su madre y a su hermana en un bombardeo el año pasado. Su otra hermana no pudo soportar la pérdida y se quitó la vida. Ahora había sido desplazada nuevamente, estaba sola y abrumada, y así sufría su pérdida. El equipo estaba planeando derivarla a apoyo especializado en salud mental.
También conocí a un joven de poco más de veinte años, lleno de energía a pesar de todo. Se me acercó con orgullo y me explicó que él no era “solo una persona desplazada por la guerra”; también hacía de voluntario en el refugio. «No quiero ser una carga», me dijo. “Quiero ayudar”. A pesar de sus propios problemas, su prioridad era ayudar a otros.
En el camino de vuelta a Beirut desde Saida, vi familias alojadas en tiendas de campaña improvisadas a lo largo de la costa. Personas que no tenían a donde ir. Volví a Beirut hace 3 días y, desde entonces, no ha parado de llover. No puedo dejar de pensar en esas personas durmiendo en la playa, en el coche, en los aparcamientos o en tiendas de campaña empapadas por la lluvia.
Según el Ministerio de Asuntos Sociales, alrededor de 1 millón de personas están ahora desplazadas en el Líbano, pero solo alrededor del 12 % se han alojado en refugios colectivos. El resto se ve obligado a alquilar habitaciones por un precio dos o tres veces más caro de lo habitual, donde dependen de las familias que les acogen, para sobrevivir donde y como sea posible.
Incluso los más fuertes tienen sus límites
Cada cara que encuentro y cada historia que oigo se suma a la escala de lo que el Líbano está viviendo y la fuerza de su gente. Para mí, volver nunca fue una simple elección. Fue una responsabilidad, una llamada y un billete de vuelta al lugar donde mi corazón ha estado durante esta crisis en desarrollo.
Los que me conocen saben que, a menudo, habló de todo el tiempo que llevamos subestimando la fuerza del pueblo libanés. Pero incluso el pueblo libanés con su fuerza e ingenio, que inquebrantables superar una crisis tras otra, tiene sus límites. Ninguna comunidad debería verse forzada a poner a prueba los límites de su fortaleza una vez tras otra.
Islamic Relief Líbano continúa con su labor respondiendo a las necesidades urgentes de las familias afectadas, sin embargo la magnitud de esta crisis es diferente a cualquier que hayamos visto en los últimos años. En este momento estamos ofreciendo paquetes de alimentos listos para comer, agua embotellada, kits de higiene (con artículos de higiene femenina) y mantas. Sin embargo, la necesidad es alta, con grandes cantidades desplazadas, y las necesidades humanitarias aumentan considerablemente.
Los recursos de los que disponen las organizaciones sobre el terreno, incluido la nuestra, son más limitados que nunca. Aun así, nuestro equipo trabaja las 24 horas para brindar asistencia, comodidad y dignidad en estos momentos oscuros.
Pero el Líbano no puede superar esta crisis por sí solo. Su pueblo depende del apoyo y la solidaridad internacional más que nunca.
Dona hoy al llamamiento de emergencia para el Líbano de Islamic Relief para ayudarnos a aliviar el sufrimiento de las personas desplazadas por la guerra en el Líbano.