En el Día Mundial de los Refugiados compartimos las historias de dos mujeres sudanesas que se vieron obligadas a abandonar la vida que habían construido cuando la guerra llegó a sus hogares.
Cada mañana, Ikhlas se despierta a las 3:30. Prepara masa para hornear kisra (un pan fino fermentado que es un alimento básico en los hogares sudaneses) y luego lo vende pieza a pieza a las familias que viven en las mismas filas de tiendas de campaña que ella ahora llama hogar.
Hace apenas dos años, Ikhlas tenía un empleo público en el ámbito de la salud en El Fasher, una ciudad del oeste de Sudán. Iba de puerta en puerta en su comunidad, hablando con las familias sobre cuestiones sanitarias, compartiendo consejos y ayudando a conectar a las personas con recursos de apoyo siempre que podía. Su marido trabajaba en el Ministerio de Justicia, mientras que sus hijos estudiaban en la escuela y en la universidad. La vida no era lujosa, pero era estable y era suya.
Sari, que vive a pocas filas de distancia de Ikhlas en el mismo campamento de desplazados de la ciudad costera de Port Sudan, cuenta una historia muy parecida. Hace unos años trabajaba en el Ministerio de Finanzas y su marido dirigía un próspero negocio comercial. Juntos criaban a siete hijos.
«Antes de la guerra, alhamdulillah, teníamos una buena vida», dice. «Teníamos todo lo que necesitábamos y más».
Esta es la parte de la crisis de Sudán que se pierde entre los titulares y las estadísticas. Los más de nueve millones de personas desplazadas desde abril de 2023 no estaban, en su mayoría, luchando por sobrevivir antes de que la guerra llegara a sus vidas. Muchos eran profesores, funcionarios, comerciantes, enfermeros y contables. Personas con carreras profesionales, ahorros y matrículas escolares ya pagadas. Personas que habían construido algo para sí mismas y para sus familias. Pero la guerra no distinguió entre unos y otros. Se lo arrebató todo a todos.