sábado, 20 junio 2026

En el Día Mundial de los Refugiados compartimos las historias de dos mujeres sudanesas que se vieron obligadas a abandonar la vida que habían construido cuando la guerra llegó a sus hogares.

Cada mañana, Ikhlas se despierta a las 3:30. Prepara masa para hornear kisra (un pan fino fermentado que es un alimento básico en los hogares sudaneses) y luego lo vende pieza a pieza a las familias que viven en las mismas filas de tiendas de campaña que ella ahora llama hogar.

Hace apenas dos años, Ikhlas tenía un empleo público en el ámbito de la salud en El Fasher, una ciudad del oeste de Sudán. Iba de puerta en puerta en su comunidad, hablando con las familias sobre cuestiones sanitarias, compartiendo consejos y ayudando a conectar a las personas con recursos de apoyo siempre que podía. Su marido trabajaba en el Ministerio de Justicia, mientras que sus hijos estudiaban en la escuela y en la universidad. La vida no era lujosa, pero era estable y era suya.

Sari, que vive a pocas filas de distancia de Ikhlas en el mismo campamento de desplazados de la ciudad costera de Port Sudan, cuenta una historia muy parecida. Hace unos años trabajaba en el Ministerio de Finanzas y su marido dirigía un próspero negocio comercial. Juntos criaban a siete hijos.

«Antes de la guerra, alhamdulillah, teníamos una buena vida», dice. «Teníamos todo lo que necesitábamos y más».

Esta es la parte de la crisis de Sudán que se pierde entre los titulares y las estadísticas. Los más de nueve millones de personas desplazadas desde abril de 2023 no estaban, en su mayoría, luchando por sobrevivir antes de que la guerra llegara a sus vidas. Muchos eran profesores, funcionarios, comerciantes, enfermeros y contables. Personas con carreras profesionales, ahorros y matrículas escolares ya pagadas. Personas que habían construido algo para sí mismas y para sus familias. Pero la guerra no distinguió entre unos y otros. Se lo arrebató todo a todos.

Hogares abandonados y viajes agotadores

Ikhlas abandonó El Fasher a pie junto a su madre de 85 años y sus dos hijas tras perder a cuatro familiares durante las primeras semanas de combates. Su hermana murió junto con su cuñado y sus dos hijas. Un vecino, un joven de 35 años, fue asesinado a tiros frente a la casa de su hermano.

Ikhlas y su familia caminaron y viajaron a través de puestos de control en pleno desierto durante casi dos semanas antes de llegar a Port Sudan. Dejó su casa abierta, con todas sus pertenencias en su sitio.

Dejó oro en la vivienda. Dejó ahorros en una cuenta bancaria a la que ya no puede acceder. Dejó un salario público que, técnicamente, sigue acumulándose en algún lugar al que no puede llegar. También dejó atrás a sus tres hijos junto a su padre porque el transporte para toda la familia era demasiado caro.

Su marido, que tiene una discapacidad, acabó realizando el viaje solo en una carreta. Tardó doce días atravesando terreno abierto y, más tarde, sus hijos se reunieron con ellos en el campamento para personas desplazadas internamente.

El viaje de Sari fue igualmente duro, con controles militares en la carretera que generaban incertidumbre en cada etapa.

«Hay cosas de las que todavía no puedo hablar completamente», explica.

Llegó a Port Sudan hace ocho meses junto a sus hijos. Su marido, incapaz ya de mantener su negocio, ahora fabrica incienso y lo vende en el mercado. La vida ya no es como antes, pero al menos tienen algún ingreso.

Cuando todo lo que construiste se derrumba

El desplazamiento priva a trabajadores como Sari, Ikhlas y sus maridos de mucho más que sus ingresos. Les arrebata toda la estructura sobre la que se sustentaba su vida.

Sus titulaciones ya no les sirven aquí. Sus redes de contactos han dejado de funcionar. Las rutinas que mantenían a sus familias avanzando han tenido que abandonarse y reconstruirse desde cero.

Sari tiene seis hijos que deberían estar escolarizados, pero su regreso a la educación está lleno de obstáculos. La hija de Ikhlas realizó los exámenes nacionales sudaneses como persona desplazada, estudiando dentro de una tienda de campaña. Otra de sus hijas intenta continuar sus estudios universitarios desde el campamento. Uno de sus hermanos ha dejado discretamente de lado su propia educación para ayudar a su madre a vender kisra cada mañana.

«Estas no son decisiones permanentes», explica Ikhlas. «Son simplemente lo que tenemos que hacer ahora mismo».

El agua hace posible todo lo demás

El agua es algo que muchas personas en el mundo dan por sentado: esencial para la vida, pero tan cotidiana que apenas pensamos en ella. Sin embargo, en los campamentos de desplazados de Sudán, conseguir agua limpia y asequible es una de las preocupaciones más agotadoras y constantes para las familias.

Afecta a todos los aspectos de la vida: desde lo que se puede cocinar y si los niños pueden bañarse, hasta si una persona enferma puede recibir los cuidados adecuados.

Ikhlas y Sari lo saben muy bien.

Antes de que Islamic Relief instalara un sistema de suministro de agua mediante camiones cisterna en el campamento, Sari gastaba el equivalente a entre cinco y siete mil libras sudanesas al día (entre 1,47 y 2 dólares estadounidenses), e incluso más los días que tenía que lavar ropa.

Sin ingresos regulares y con una familia de siete miembros a su cargo, eso suponía más de 60 dólares al mes únicamente en agua.

Ikhlas, que compraba recipientes individuales de agua por unos cinco céntimos cada uno, gastaba una cantidad similar cada día para una familia de seis o siete personas.

«Cada plato de comida, cada lavado y cada vaso de agua tenía un precio», explica Sari. «Era agotador».

El proyecto de Islamic Relief cambió esa situación, reduciendo prácticamente a cero el gasto de ambas familias en agua y liberando recursos que podían destinar a alimentos, medicinas u otras pequeñas necesidades cotidianas que se acumulan cuando intentas reconstruir tu vida desde cero.

Pero el impacto no fue solo económico.

Ambas mujeres describen algo mucho más difícil de medir: el alivio de no tener que calcular cada gota de agua. La carga mental de la inseguridad hídrica, tener que saber constantemente cuánta agua queda y cómo conseguir más, es algo que no aparece en ningún informe. Simplemente forma parte de tu vida, cada hora de cada día.

«El agua es la base de la vida», afirma Sari. «Una vez que tienes eso, todo lo demás se vuelve un poco más posible».

El hogar sigue siendo el objetivo

Ni Sari ni Ikhlas imaginan el campamento cuando piensan en el futuro. Ambas piensan en volver a casa.

«Quiero que El Fasher vuelva a estar en calma», dice Ikhlas. «Quiero volver y terminar el trabajo que empecé. Quiero ver a mis hijos graduarse».

«Y quiero realizar el Hajj. Nunca he podido hacerlo. Me gustaría ir antes de que sea demasiado tarde».

Sari visualiza el regreso de una forma más concreta:

«Cuando haya paz y estabilidad, todo lo demás vendrá después. Vuelves a tu trabajo, tus hijos vuelven a la escuela. Retomas tu vida. Quizá incluso sea mejor que antes».

Detrás de cada cifra hay una persona

En este Día Mundial de los Refugiados, Islamic Relief hace un llamamiento a la comunidad internacional para que aumente su apoyo a las familias desplazadas de Sudán y recuerde que detrás de cada cifra hay una persona que construyó una vida y merece la oportunidad de volver a hacerlo.

Ayuda a Islamic Relief a seguir apoyando a las personas cuyas vidas han quedado devastadas por el conflicto en Sudán. Dona hoy a nuestro Fondo de Emergencia para Sudán.

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