Los 14 años de crisis en Siria han dejado un legado de destrucción, hambre, desplazamiento y trauma para millones de personas. Al menos el 60 % de la población siria tiene dificultades para conseguir alimentos suficientes, millones carecen de acceso adecuado a agua potable y saneamiento seguro, un gran número de personas vive en tiendas de campaña y el sistema sanitario ha quedado devastado.
Para muchas familias, el invierno es una perspectiva aterradora. Las personas desplazadas se enfrentan a vientos helados, lluvias intensas e incluso nevadas, lo que agrava problemas de salud no tratados y aumenta la vulnerabilidad de una población que sigue expuesta a la inestabilidad y la violencia.
Umm Yazan es madre de siete hijos, todos menores de 13 años. Su marido sufre dolores articulares y trabaja de forma intermitente en el sector de la piedra. La familia se ve obligada a fiar en comercios locales para poder alimentar a sus hijos. Viven en un refugio improvisado en el campamento Al-Amal, en Maaret Misrin, provincia de Idlib. Con la llegada del invierno, las dificultades de la familia se multiplican.
«El invierno hace que nuestra vida en el campamento sea aún más dura. El frío nos impide dormir por la noche y el agua que se filtra en la tienda nos obliga a vivir en condiciones inhumanas», explica Umm Yazan.
«El invierno no es solo una estación fría para nosotros; es un periodo que intensifica las dificultades de la vida diaria y pone a prueba nuestra paciencia y fortaleza».