Rama, de 16 años, es una niña huérfana que espera ser emparejada con un padrino o madrina.
Como tantos otros niños en Gaza, su mundo cambió por completo desde octubre de 2023.
En septiembre del año pasado, el padre de Rama y cuatro de sus hermanos murieron cuando su casa en la Ciudad de Gaza fue bombardeada. Rama perdió una pierna y sufrió quemaduras de tercer grado en el ataque.
«Tala tenía 17 años, Ahmed 15, Abdul Kareem 9, y la más pequeña, Maraam, dos años y medio», recuerda la madre de los niños, Fadia, quien también perdió una pierna en la explosión.
Ahora la familia está formada únicamente por Fadia, Rama, otras dos hijas y tres hijos. Los supervivientes sufren traumas psicológicos y heridas que les han cambiado la vida.
«Resulté herida y salí de entre los escombros», cuenta Rama, añadiendo que la familia tuvo que permanecer en el hospital casi dos semanas. «Faltaban medicamentos… nos costaba muchísimo recibir tratamiento, así que nuestras heridas tardaron más en curarse. No teníamos comida ni agua, lo pasamos muy mal».
Para Fadia, que lucha por salir adelante con una prótesis que no le encaja bien, cubrir las necesidades de sus hijos es extremadamente difícil. Las quemaduras de Rama requieren tratamiento dermatológico intensivo.
«Mi hija necesita ver al médico casi cada semana», explica Fadia. «Sinceramente, su estado me está destrozando. Me acuesto llorando por ella y me levanto llorando por ella».
Fouad, el hermano de 12 años de Rama, fue lanzado por la explosión hasta el tejado de una casa vecina. Una operación de urgencia salvó su pierna de la amputación, pero sufre problemas en la columna y la rodilla que requieren fisioterapia. Fouad ayuda a su madre trayendo agua, aunque no puede caminar largas distancias ni cargar peso. Al igual que Rama, Fouad espera ser emparejado con un padrino o madrina.
Actualmente viven en una tienda de campaña, sin ningún ingreso, luchando por sobrevivir mientras lloran a sus seres queridos y afrontan sus propias heridas. Los niños no pueden asistir a la escuela y, a veces, Fadia se siente desesperada.
«La situación es muy difícil, y no sé cómo solucionarlo», dice. «Hay días en los que no encontramos comida. A veces solo tenemos una taza de té amargo para seguir adelante. Si alguna buena persona nos da comida, comemos; si no, no comemos. Es muy duro».