Líbano nunca estuvo pensado para ser un hogar permanente.
Cuando las familias sirias comenzaron a cruzar la frontera en 2011 para escapar de la crisis en su país, muchas asumieron que su ausencia sería breve.
Sin embargo, más de una década después, numerosos refugiados sirios continúan encontrando refugio en Líbano. Allí han sobrevivido al colapso económico, a la explosión del puerto de Beirut, a la pandemia de COVID-19, a repetidos episodios de violencia y, ahora, a las repercusiones de un conflicto cada vez más amplio entre Estados Unidos, Israel e Irán.
Aunque Siria experimentó importantes cambios políticos a finales de 2024, el país sigue inmerso en una crisis. Hospitales, escuelas e infraestructuras han quedado devastados y la reconstrucción apenas ha comenzado. En muchas zonas, la seguridad sigue sin estar garantizada. Para las familias con las que trabaja cada día Farah Saifan, regresar a casa aún no es una opción real, aunque mantienen la esperanza.
Farah lleva trabajando como responsable de proyectos en Islamic Relief Líbano por los últimos diez años. Con motivo del Día Mundial de los Refugiados, describe las necesidades que siguen sin cubrirse y los desafíos a los que las familias continúan enfrentándose día tras día.
Una experiencia compartida
Líbano cuenta con una de las mayores poblaciones de refugiados por habitante del mundo. Ese dato aparece con frecuencia en informes y comunicados, pero no refleja lo que Farah observa en los barrios, refugios colectivos y hogares que ha llegado a conocer tan bien.
«En muchos barrios, las familias libanesas y las refugiadas viven unas junto a otras y, a menudo, afrontan desafíos muy similares», explica Farah. «Viviendas masificadas, asentamientos informales y familias que luchan por cubrir necesidades básicas como la alimentación, la atención sanitaria, la educación o el alquiler».
Años de colapso económico han erosionado la poca estabilidad que quedaba tanto para las comunidades refugiadas como para las de acogida en Líbano. Para los refugiados, que ya vivían en situaciones precarias, todo lo que habían conseguido construir desapareció. Para muchas familias libanesas, la crisis ha traído dificultades que no se veían desde la brutal guerra civil del país.
En su trabajo, Farah observa que la resiliencia es una característica compartida tanto por la población local como por las comunidades refugiadas.
«Las familias siguen apoyándose mutuamente, los niños continúan soñando con su futuro y las comunidades encuentran formas de salir adelante. Pero la realidad es que muchas familias, tanto refugiadas como de acogida, siguen necesitando ayuda humanitaria para cubrir sus necesidades básicas y vivir con dignidad».
Perder mucho más que un hogar
Uno de los patrones que Farah observa con frecuencia es el de familias que se han visto obligadas a desplazarse no una, sino varias veces.
«He conocido familias que huyeron de sus hogares en Siria, pasaron años intentando reconstruir sus vidas en Líbano y, de repente, se encontraron teniendo que recoger sus pertenencias y volver a marcharse debido a la inseguridad», relata.
La reciente escalada de hostilidades en Líbano obligó a muchas de estas familias a huir una vez más. Personas que habían dedicado años a aprender cómo matricular a sus hijos en la escuela, acceder a servicios sanitarios con documentación limitada y mantener un techo sobre sus cabezas tuvieron que empezar de nuevo.
«Imagina pasar años intentando crear una sensación de normalidad para tus hijos y volver a enfrentarte al miedo y la incertidumbre del desplazamiento», dice Farah. «Muchos padres nos cuentan que lo que más les preocupa es el impacto sobre sus hijos, que han crecido considerando la inestabilidad y el desplazamiento como una parte normal de la vida.»
«Estas experiencias nos recuerdan que el desplazamiento no consiste únicamente en perder un hogar. También implica perder la sensación de seguridad, la rutina y la certeza sobre el futuro»
El cuaderno
Durante la reciente crisis de desplazamiento, Farah conoció a una niña en un refugio colectivo. Mientras otros niños jugaban a su alrededor, la pequeña le mostró en silencio un cuaderno escolar que había llevado consigo cuando su familia huyó. Era una de las pocas cosas que se había asegurado de salvar. Quería continuar estudiando y convertirse en profesora.
«Lo que más me impactó fue que, a pesar de haber perdido su hogar y de enfrentarse a tanta incertidumbre, seguía pensando en su futuro», recuerda Farah. «En un momento en el que muchos adultos estaban preocupados por el refugio, la comida y la seguridad, ella estaba preocupada por si podría seguir aprendiendo. Me recordó que las crisis humanitarias no tratan solo de supervivencia inmediata. También consisten en proteger las esperanzas, las aspiraciones y las oportunidades futuras de las personas».
Farah reflexiona cuidadosamente sobre cómo contar las historias de las personas a las que apoya.
«Cuando nos centramos únicamente en la vulnerabilidad, corremos el riesgo de pasar por alto la fortaleza, la dignidad y la capacidad de las personas para reconstruir sus vidas», afirma. «La representación más respetuosa es aquella que reconoce a las personas no simplemente como refugiadas, sino como individuos con habilidades, sueños, talentos y aspiraciones, que merecen la oportunidad de vivir con seguridad y dignidad».
Una necesidad olvidada
«Una de las necesidades más ignoradas en este momento es la estabilidad y la esperanza en el futuro», afirma Farah. «Muchas de las familias que conocemos llevan años encadenando una crisis tras otra. Son increíblemente resilientes, pero la incertidumbre constante tiene un enorme coste».
«A menudo escucho a padres decir que pueden soportar las dificultades si saben que las cosas acabarán mejorando. Lo más difícil es no saber qué ocurrirá después. Esa incertidumbre afecta al bienestar emocional, a la capacidad de tomar decisiones y a la posibilidad de planificar el futuro».
Farah reconoce abiertamente que, en medio de tantos cambios y dificultades, la ayuda no siempre llega a quienes más la necesitan: familias que se han trasladado tantas veces que han desaparecido de los registros, personas mayores que viven solas, hogares encabezados por mujeres en zonas remotas y un grupo que ella menciona repetidamente:
«Las familias que llevan muchos años afrontando crisis. A veces sus necesidades se vuelven menos visibles porque ya no forman parte de una emergencia reciente, pero siguen luchando cada día».
El mundo suele responder a las crisis en sus fases más agudas. Las familias que describe Farah están viviendo su duodécimo o incluso decimoquinto año de crisis.
Una brecha cada vez mayor
«El sistema humanitario funciona en el sentido de que salva vidas, proporciona asistencia esencial y ayuda a millones de personas a cubrir sus necesidades básicas», explica Farah. «Pero también diría que estamos respondiendo a necesidades que siguen creciendo más rápido que los recursos disponibles».
La falta de financiación, la competencia entre distintas crisis y la disminución de la atención de los donantes tienen consecuencias reales sobre el terreno. En Líbano, esto puede significar que familias que dependían de la ayuda alimentaria vean reducida o eliminada esa asistencia. También implica que programas destinados a ayudar a los niños a procesar años de trauma tengan que reducirse. La distancia entre lo que se necesita y lo que está disponible sigue aumentando.
«Todavía existen importantes carencias», señala Farah, «y muchas personas en situación de vulnerabilidad siguen necesitando apoyo».
Oportunidades, estabilidad y seguridad
«Para los refugiados, el desplazamiento no es una historia de un solo día. Es una realidad que viven cada día», afirma Farah. «Muchas familias refugiadas en Líbano llevan años, en algunos casos más de una década, intentando reconstruir sus vidas mientras afrontan la incertidumbre sobre su futuro y el acceso a servicios, educación, atención sanitaria y medios de vida.»
«Los refugiados no buscan compasión. Buscan oportunidades, estabilidad, seguridad y la posibilidad de vivir con dignidad. Como cualquier otra persona, quieren mantener a sus familias, ver triunfar a sus hijos y tener esperanza en el futuro».
Cuando se le pregunta qué les gustaría decir hoy al mundo a las personas a las que atiende, Farah responde sin dudar:
«Creo que muchos de ellos simplemente dirían: “Por favor, no os olvidéis de nosotros”. No porque quieran compasión, sino porque desean que el mundo recuerde que, para muchas familias, el desplazamiento no es algo temporal. Quieren que se les vea no como cifras o titulares, sino como seres humanos con sueños, miedos y esperanzas para sus hijos».
A su lado hoy y mañana
Este Día Mundial de los Refugiados, Islamic Relief continúa proporcionando alimentos, refugio, servicios de protección y apoyo psicosocial a las familias refugiadas y a las comunidades de acogida más vulnerables en todo Líbano. Pero nuestra capacidad para hacerlo depende de un apoyo sostenido.
Tu generosidad nos permite estar al lado de las personas más vulnerables, no solo en el Día Mundial de los Refugiados, sino cada día que viene después. Dona hoy al Fondo de Emergencia para Líbano de Islamic Relief.