martes, 1 septiembre 2026

Cada día hablamos de proyectos, cifras y resultados. Pero ¿qué significa realmente verlos de cerca? Del 2 al 7 de agosto, Zineb El Ouazani, voluntaria de Islamic Relief España, participó en un campamento de verano para niños huérfanos en Ifrane, Marruecos.

En este artículo comparte su experiencia y las reflexiones que ella y otros voluntarios se llevan después de seis días de convivencia, aprendizaje y servicio.

Esta vez decidí ir sin expectativas. No era mi primera experiencia sobre el terreno ni mi primer campamento. En 2022 tuve la oportunidad de participar en un viaje sobre terreno en Jordania y, desde entonces, sabía que este tipo de experiencias tienen una manera muy particular de quedarse contigo. También aprendí que es muy fácil volver a un lugar nuevo intentando comparar: los proyectos, las personas, las emociones o incluso lo que uno siente.

Por eso, esta vez quería hacer las cosas de otra manera. Quería llegar a Marruecos sin intentar reproducir lo que había vivido en Jordania. Sin pensar que sabía cómo iba a ser. Simplemente quería estar allí, vivir los días tal y como vinieran y dejar que fueran las personas y los pequeños momentos los que marcaran la experiencia.

Sabíamos que nos esperaban seis días de campamento, con juegos, deporte, talleres, excursiones, actividades educativas y mucho tiempo compartido con los niños. También sabíamos que íbamos a dormir en tiendas de campaña, rodeados de naturaleza, en una experiencia con un cierto espíritu scout que para muchos de nosotros era completamente nueva.

Lo que no sabíamos era todo lo que iba a ocurrir entre una actividad y otra. Porque, al final, muchas veces son precisamente esos momentos los que terminan quedándose contigo.

Conocer a los niños más allá de sus circunstancias

Cuando hablamos de programas dirigidos a niños huérfanos, solemos hacerlo desde sus necesidades. Hablamos de protección, educación, alimentación, salud, bienestar o estabilidad. Todo ello es fundamental, pero convivir con ellos durante varios días te obliga a mirar más allá.

Una de las cosas que más me hizo reflexionar fue precisamente la distancia que existe entre conocer la historia de un niño y conocer al niño.

Antes de llegar, sabes que cada uno de ellos ha vivido una pérdida y que existen circunstancias que hacen necesario ese acompañamiento. Pero cuando compartes el día a día, empiezas a conocer otras cosas: su personalidad, sus intereses, su sentido del humor, aquello que les hace ilusión y la manera particular que tiene cada uno de relacionarse con los demás.

Algunos se acercaban desde el primer momento y buscaban constantemente nuestra compañía. Otros necesitaban un poco más de tiempo. Había quienes querían participar en absolutamente todo y quienes preferían observar primero. Algunos hablaban sin parar y otros eran mucho más reservados.

Y poco a poco, la historia que conocías antes de llegar dejaba de ser lo primero que veías.

Veías al niño que quería ganar un juego. Al que esperaba con ilusión la siguiente actividad. Al que venía a buscarte para enseñarte algo. Al que se reía por cualquier cosa. Al que hacía amigos rápidamente y al que necesitaba un poco más de tiempo. Eso también es infancia.

Y creo que una de las cosas más importantes del campamento era precisamente ofrecerles un espacio para vivirla.

Unos días para disfrutar de ser niños

Uno de los objetivos del campamento era algo que puede parecer muy sencillo, pero que considero profundamente importante: darles la oportunidad de disfrutar de su infancia. Para muchos de nosotros, jugar durante horas, hacer una excursión, descubrir un lugar nuevo, competir con nuestros amigos o pasar unos días en un campamento son recuerdos que forman parte de nuestra infancia y que damos por sentados.

Para algunos de estos niños, quizá no todas esas oportunidades habían estado presentes de la misma manera. Durante esos seis días queríamos que pudieran jugar, reír, aprender, hacer amigos, probar cosas nuevas y, simplemente, disfrutar.

No se trataba de borrar aquello que habían vivido ni de hacer como si las dificultades no existieran. Se trataba de que, durante unos días, su historia no fuera el centro de todo. Que pudieran ser niños. Que pudieran crear recuerdos positivos.

Porque cuidar también significa eso: no solo responder a una necesidad, sino crear espacios donde una persona pueda sentirse segura, incluida y libre para disfrutar.

Los momentos que no estaban en el programa

Las actividades eran importantes, por supuesto. Pero si pienso ahora en lo que más recuerdo, muchas veces no son las actividades en sí. Recuerdo las conversaciones durante las comidas. Las bromas que empezaban un día y se repetían durante los siguientes. Los niños que venían a buscarnos para continuar un juego que habíamos empezado horas antes. Las risas. El cansancio al final del día. Recuerdo también esos momentos en los que no hacía falta hacer nada especial.

Simplemente estar. Sentarte con ellos. Escucharles. Seguirles el juego. Preguntarles algo y dejar que te cuenten lo que quieran. Creo que fue ahí donde empezó a construirse realmente la confianza.

Y quizá eso sea algo que desde fuera es difícil de explicar. Cuando ves un proyecto desde lejos, puedes entender qué actividades se realizan y cuál es su objetivo. Pero cuando convives con las personas que forman parte de él, empiezas a comprender el valor que tienen cosas que sobre el papel pueden parecer pequeñas.

Volvimos con mucho más de lo que llevamos

Creo que todos llegamos pensando en aquello que íbamos a aportar: nuestro tiempo, nuestra energía, nuestra experiencia y nuestro trabajo. Pero conforme pasaban los días, esa idea empezó a cambiar.

Aya Abdeslami lo expresó de una manera que resume muy bien lo que muchos sentimos:

«Este viaje nos ha enseñado que al entregarnos a los demás con humildad, terminamos recibiendo la mayor lección de vida: la verdadera felicidad reside en el agradecimiento y en el valor de los momentos compartidos.»

Creo que esa es una de las reflexiones que más me ha marcado después de volver. Cuando pensamos en ayudar, solemos imaginar una dirección muy clara: alguien necesita algo y nosotros tenemos la posibilidad de dárselo. Pero cuando realmente convives con las personas a las que quieres acompañar, esa relación deja de ser tan sencilla.

Ellos también terminan enseñándote. A disfrutar de cosas sencillas. A prestar atención a los pequeños momentos. A estar más presente en aquello que estás viviendo.

Mariam Mabrouka lo resumió de esta forma:

«Si los niños sienten que nosotros les hemos aportado algo, queremos recordarles que, en realidad, ellos nos han aportado muchísimo más.»

Y cuanto más pienso en ello, más sentido tiene.

Fuimos con la intención de aportar algo durante seis días y terminamos descubriendo que nosotros también habíamos recibido muchísimo.

Una amanah que no termina aquí

Para mí, esta experiencia tiene además una dimensión que no puedo separar de mi fe.

En el Islam, cuidar de un niño huérfano no es simplemente un acto de generosidad. Es una amanah: una responsabilidad y una confianza que Allah ﷻ nos ha dado.

Allah ﷻ dice en el Sagrado Quran: فَأَمَّا الْيَتِيمَ فَلَا تَقْهَرْ

«En cuanto al huérfano, no lo oprimas.»

Surah Ad-Duha | 93:9

Después de pasar seis días con ellos, este versículo se siente diferente.

Porque cuidar no significa únicamente que tengan cubiertas sus necesidades materiales. También significa cuidar la manera en la que les miramos, respetar su dignidad, acompañar su crecimiento y ofrecerles oportunidades para que puedan desarrollarse y disfrutar de su infancia.

Y, sobre todo, entender que esta responsabilidad no termina cuando termina un campamento.

Mariam Mabrouka lo expresó así:

«Cuidar de un huérfano es una amanah, una responsabilidad que no termina aquí, sino que continúa y, para poder seguir acompañándolos, necesitamos vuestro apoyo.»

Seis días pueden crear recuerdos, pero el acompañamiento tiene que ir mucho más allá.

Estar despiertos a lo que nos rodea

Mohammed El Ghalid se llevó otra reflexión que también me ha acompañado después del viaje: visitar a estos niños nos ayudó a todos a reflexionar sobre la importancia de estar despiertos a lo que nos rodea y vivir las experiencias intensamente.

Y creo que eso describe exactamente lo que vivimos en Ifrane. Nuestra vida normalmente está llena de cosas que hacer. Vamos de un lado a otro, pensando en lo siguiente que tenemos pendiente, en lo que ocurrió ayer o en lo que tendremos que hacer mañana.

Durante esos seis días, en cambio, teníamos que estar presentes. Y cuando estás realmente presente, empiezas a fijarte en cosas que normalmente pasan desapercibidas. Una conversación durante una comida. Una sonrisa. Un niño emocionado por una actividad. Una historia que alguien decide contarte. Una noche hablando después de un día agotador. Allí te das cuenta, que a veces solo necesitamos parar y prestar atención.

Esta es una de los grandes aprendizajes que nos llevamos sin duda, aprender a disfrutar con calma y de lo sencillo.

Compartir el servicio por la causa de Allah

Compartir esta experiencia con otras personas también me permitió aprender de quienes estaban allí por la misma razón que yo: servir.

Cada uno llegó con su propia historia, su manera de entender el voluntariado y sus propias razones para participar. Y, aunque no todos teníamos la misma experiencia ni la misma forma de hacer las cosas, durante esos días compartimos algo muy sencillo: la intención de estar al servicio de los demás.

Miriam Aarab lo explicó así:

«No podría destacar una experiencia por encima de la otra, sinceramente. Desde que me entregué al proyecto y lo he vivido, la experiencia ha sido tan maravillosa. Estando rodeada de almas tan puras y entregadas me ha llenado el alma, entregándola al completo al servicio de Allah.»

Y continúa:

«Desde que nos despertamos hasta que nos levantamos hemos estado juntos, conociéndonos y aprendiendo los unos de los otros. SubhanAllah, cada alma es tan única y especial, que merece ser recordada.»

Creo que esa última frase resume algo que también me llevo de Marruecos. A veces pensamos que para aprender de alguien tenemos que compartir mucho con esa persona o vivir una experiencia durante años. Pero basta con coincidir, observar y estar abiertos a conocer otras formas de ser, de servir y de relacionarse con los demás.

Al final, cada persona que encontramos en el camino deja algo, aunque sea pequeño. Y quizá parte de servir también consiste en saber reconocerlo.

Cuando una donación deja de ser una cifra

Estamos acostumbrados a hablar de campañas, proyectos, donaciones e impacto. Pero estar sobre el terreno cambia la manera en la que entiendes esas palabras. Una donación puede empezar siendo una pequeña o grande cifra. Allí puedes empezar a ver en qué puede convertirse.

En una tienda de campaña. En un plato de comida compartida. En materiales para una actividad. En una excursión. En un espacio seguro. En seis días diferentes para un niño.

Y quizá eso sea lo más difícil de explicar cuando hablamos únicamente de cifras: que detrás de ellas hay momentos que no siempre pueden medirse.  Por supuesto, un campamento de seis días no soluciona todas las dificultades que un niño pueda atravesar. No sería realista decirlo. Pero sí puede formar parte de un acompañamiento mucho más amplio y continuado. Y detrás de ese acompañamiento hay personas que confían en Islamic Relief sin conocer personalmente a los niños a los que están apoyando.

Después de haberlo vivido, esa confianza se entiende de otra manera.

Y de repente llegó el último día

Los seis días pasaron mucho más rápido de lo que esperaba. Al principio todavía estábamos aprendiendo los nombres, conociendo las personalidades y entendiendo cómo iba a funcionar todo. Después, casi sin darnos cuenta, ya conocíamos sus rutinas, sus bromas, quién iba a venir a buscarnos y quién quería participar en cada actividad.

Y entonces llegó el último día. Creo que es en las despedidas cuando realmente empiezas a entender lo que has vivido. Durante el campamento estás demasiado ocupado para pensar en el final. Hay actividades, horarios, cosas que organizar y niños que atender.

Hasta que toca desmontar las tiendas. Hasta que toca recoger. Hasta que llega el momento de decir adiós.

Y entonces te das cuenta de que, en solo seis días, personas que eran completamente desconocidas se han convertido en parte de tus recuerdos.

Volver con otra mirada

En el viaje de vuelta pensé mucho en la intención. En por qué hacemos lo que hacemos. En cuánto de nuestras acciones llegamos realmente a ver. En todas esas cosas que hacemos sin saber cuál será su resultado final.

Allah ﷻ dice en el Sagrado Quran: فَأَمَّا الْيَتِيمَ فَلَا تَقْهَرْ

«En cuanto al huérfano, no lo oprimas.»

Surah Ad-Duha | 93:9

Este versículo nos hace recordar que quizá no siempre nos corresponde ver el alcance de aquello que hacemos. No sabemos hasta dónde llegará nuestro tiempo, una palabra, una ayuda o un esfuerzo. Pero Allah ﷻ sí lo sabe.

Por eso me alegro de haber llegado a Marruecos sin expectativas. Si hubiera intentado comparar constantemente esta experiencia quizá habría estado demasiado pendiente de encontrar similitudes o diferencias. En cambio, pude vivir Marruecos tal y como era. Y Marruecos dejó una gran huella en mi, una huella diferente y única.

La huella de nombres, conversaciones, risas, nuevas amistades y recuerdos que sé que voy a llevar conmigo durante mucho tiempo. Pero también me dejó algo más importante: una forma diferente de mirar el trabajo que hacemos.

Me recordó que detrás de cada cifra hay una persona. Que detrás de cada proyecto hay historias que no siempre llegamos a conocer. Y que detrás de la palabra «huérfano» nunca debería haber únicamente una situación de pérdida o vulnerabilidad, sino un niño con una personalidad, unos sueños, unas capacidades y un futuro por delante.

Me fui a Marruecos pensando en lo que podía aportar durante seis días. Volví pensando en todo lo que esos seis días me habían dado a mí.

Alhamdulillah por haber compartido estos días con personas que me recordaron que servir a los demás no solo cambia aquello que hacemos por ellos. También puede cambiar, poco a poco, la manera en la que nosotros mismos miramos la vida.

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