viernes, 15 mayo 2026

Mientras el mundo conmemora el 78.º aniversario del Día de la Nakba, cuatro trabajadores humanitarios de Islamic Relief Palestina comparten lo que significa para ellos la palabra “hogar”.

Un recuerdo suspendido entre lo que fue y ya no es

Para mí, “hogar” ya no son simplemente paredes y un techo. Se ha convertido en un recuerdo suspendido entre lo que una vez fue y ya no existe. Cada vez que escucho esa palabra, pequeños detalles acuden a mi mente, detalles que antes daban forma a mi vida: un apartamento que terminé con cuidado y amor un año antes de que comenzara la guerra, amueblado con las piezas más bonitas y lleno de calidez en cada rincón.

Estaba la habitación de mi hija, decorada con dibujos de Cenicienta, donde reía y soñaba. Estaba la habitación de mi hijo, con diseños de Spider-Man que reflejaban su inocencia y entusiasmo. No tuve tiempo suficiente para disfrutar realmente de todo aquello. Era como si el propio tiempo me empujara hacia la pérdida.

En mi última visita a la casa, después de nuestro décimo desplazamiento, la encontré dañada: paredes agrietadas, puertas torcidas y ventanas sin cristales. Aun así, seguía conservando algo invisible: una calidez escondida, recuerdos y esperanza. Fue entonces cuando comprendí que un hogar no es lo que contienen las paredes de un edificio, sino lo que ese lugar deja dentro de nosotros.

Intenté recrear esa sensación en los lugares a los que fuimos desplazados, pero siempre faltaba algo. Nada se parecía al olor de casa, a las risas de mis hijos en sus rincones ni a los saludos de los vecinos que antes marcaban el comienzo de mis días.

La noticia de la destrucción total de nuestra casa me llegó la mañana del Eid al-Adha de 2025, a las nueve en punto. “Que Dios te compense con bendiciones, vuestra casa ha desaparecido.” La noticia cayó como un rayo, pero no sentí el dolor de inmediato. Simplemente dije: “Alhamdulillah”. Era como un futbolista que no siente la lesión hasta que la herida se enfría.

Mi verdadero dolor comenzó cuando volví junto a mi familia. La noticia ya había llegado hasta ellos y vi las lágrimas en los ojos de mi mujer y de mis hijos. Solo entonces comprendí que no había perdido únicamente cuatro paredes, sino una parte de mi alma.

La nostalgia por cada detalle, incluso por los sonidos de los vecinos, se hizo más fuerte. Para mí, volver a casa ya no significa regresar a un lugar, sino a toda una vida… una vida que todavía sigo buscando en todas partes.

El hogar es sentirse comprendido

Cuando pienso en el hogar, en realidad no veo un lugar ni un edificio. Es más bien una sensación, algo que se acomoda dentro de mí. El hogar está en cosas como la forma en que la luz del sol iluminaba el mismo rincón de la habitación cada tarde, el chirrido familiar de una puerta o el olor de la comida llegando antes incluso de entrar en la cocina y coger algo a escondidas de mi madre solo para probarlo, antes de que me gritara: “¡La comida está lista, no te llenes el estómago!”.

El hogar no es solo donde estoy; es el lugar donde no tengo que pensar en quién soy.

La mayoría de los recuerdos a los que me aferro no son grandes ni dramáticos; son pequeños momentos. Recuerdo sentarme alrededor de una mesa donde a nadie le importaba que todos hablaran a la vez. Recuerdo escuchar las risas viajando de una habitación a otra. Incluso el silencio era distinto. Era cómodo, no vacío.

Recuerdo tardes que se alargaban lo suficiente como para escuchar las mismas historias una y otra vez sin dejar de disfrutarlas. Por separado, esos momentos quizá no parecen importantes, pero juntos forman algo sólido.

También he comprendido que el hogar no siempre está ligado a un lugar; a veces, el hogar son las personas. El hogar está en la manera en que alguien pronuncia mi nombre o en cómo conocen mis hábitos, gustos y manías sin necesidad de preguntar.

El hogar aparece en las comidas, nada sofisticadas, simplemente platos familiares. Un solo bocado de algo que he comido cientos de veces puede traer de vuelta muchísimos recuerdos. Incluso las pequeñas tradiciones importan. No tienen que ser grandes celebraciones planeadas durante semanas; basta con pequeños gestos que nos recuerdan silenciosamente quiénes somos y dónde está nuestro hogar.

La última vez que me sentí en casa en algún lugar no ocurrió nada extraordinario. No hubo un reencuentro emocionante ni un gran momento. Todo simplemente resultó fácil. Volví a integrarme sin pensar. No me sentía como un invitado ni como alguien que necesitara explicarse.

Me sentí comprendido. Y eso es, para mí, lo que define el hogar: la sensación de ser comprendido.

Al final, el hogar no son solo paredes ni de un lugar concreto; trata de conexión. Trata de mi familia y de mis seres queridos. El hogar es cualquier lugar donde puedo ser yo mismo, y con cualquier persona con la que pueda serlo sin tener que explicarme.

Es aquello a lo que regreso en la vida, o incluso solo en mi mente, cuando necesito volver a sentirme yo mismo, volver a sentirme seguro, rodeado de toda mi familia y mis seres queridos. Ese es mi hogar.

El hogar es un lugar que nos sostiene tanto como nosotros a él

Cuando escucho la palabra “hogar”, lo primero que me viene a la mente es seguridad, paz y calidez. Imagino la casa por la que trabajamos tan duro para convertirla exactamente en aquello que habíamos soñado.

Era un hogar sencillo, pero estaba lleno de nosotros. Solo tenía tres habitaciones: una para mi mujer y para mí, otra para nuestra única hija y una gran habitación que guardaba las risas y sueños de nuestros cuatro hijos. Incluso la cocina tenía un espíritu especial. Mi mujer la había diseñado cuidadosamente y cada rincón llevaba su toque personal.

Solíamos visitar la casa todos los viernes mientras aún se estaba construyendo, siguiendo cada pequeño detalle paso a paso y esperando con ilusión el momento de mudarnos. Aunque la compramos mediante un préstamo bancario de 85 meses, lo que sentíamos no era el peso de la deuda, sino la alegría de ver un sueño hacerse realidad.

Los días más felices de nuestra vida transcurrieron en aquel hogar. Nuestros hijos crecieron allí, en el barrio de Tel Al-Hawa, al sur de Gaza. Allí hicieron sus primeros amigos y comenzaron en guarderías, colegios y parques cercanos.

Solíamos caminar juntos hasta el mar, y hasta el camino formaba parte de nuestra felicidad cotidiana. La vida a nuestro alrededor parecía sencilla y cercana; nuestros vecinos se convirtieron en una familia extendida.

A menudo nos reuníamos en el balcón, hacíamos carne y pollo a la parrilla, reíamos y compartíamos nuestras vidas como si el tiempo nunca fuera a acabarse. Cada rincón de aquella casa guardaba un recuerdo. La construimos paso a paso, dejando una parte de nosotros en cada detalle.

Pero nuestra felicidad no duró. Nuestro hogar fue destruido durante un periodo de conflicto y perdimos no solo el edificio, sino todo lo que había dentro: muebles, ropa, electrodomésticos, juguetes, libros y cuadernos escolares. Perdimos demasiados recuerdos de golpe. Fue como si una parte de nuestra vida se apagara de repente.

Hoy vivimos en una casa alquilada, intentando recrear esa sensación de “hogar”, pero siempre parece faltar algo. He llegado a entender que un verdadero hogar no es solo el lugar donde vivimos, sino algo que nos sostiene tanto como nosotros lo sostenemos a él.

A pesar del dolor, los recuerdos siguen cálidos en nuestros corazones: una mezcla de nostalgia, tristeza y esperanza. La casa puede que ya no exista como antes, pero sigue viva dentro de nosotros, y el sueño que representa también sigue vivo, como si esperáramos el día en que podamos reconstruirla de nuevo, no solo con piedras, sino con todo lo que perdimos.

El hogar ya no es un lugar, sino un dolor que vive dentro de nosotros

Cuando se pronuncia la palabra “hogar”, no veo una puerta ni un tramo de pared. La imagen que se forma en mi mente es algo intensamente vivo, una escena tejida con detalles delicados que quizá el ojo pasa por alto, pero que el alma recuerda fielmente.

Es ahí donde la memoria se reconstruye silenciosamente, una y otra vez.

El hogar, en el sentido más profundo, no es simplemente un espacio que habitamos. Es una pequeña patria donde residen nuestros sueños, donde los recuerdos permanecen intactos frente al desgaste del tiempo.

Es el primer aroma que me recibe antes de cruzar el umbral, la suave luz entrando por una ventana que conozco de memoria, la voz familiar que disuelve suavemente la extrañeza de los días que pasan.

Es el único lugar donde no tengo que dar explicaciones, donde no necesito justificar lo que siento. Es mi espejo frente a la vida, donde existo exactamente como soy, sin máscaras ni defensas.

Dentro de él se reúnen mis recuerdos en sus formas más simples: una risa fugaz, una larga conversación en una noche tranquila, incluso un silencio que reconforta en lugar de pesar. También es el lugar donde comenzó mi camino hacia la maternidad.

La belleza del hogar es que no está limitado a un lugar. Es una sensación que viaja con nosotros. A veces basta un sabor conocido para devolverme a los primeros años de mis hijos, o una vieja melodía que me transporta a mi juventud y, por un instante, vuelvo a estar en casa.

Sin embargo, la añoranza permanece. Hay detalles imposibles de recrear: la calidez de la familia, el orden de las cosas tal y como eran antes, incluso el pequeño y significativo caos en el que vivíamos.

El 30 de octubre abandoné mi hogar. No llevaba nada más que el Corán y algunas pertenencias, dejando atrás toda una vida suspendida entre aquellas paredes. Desde ese día, el hogar ya no es un lugar. Se ha convertido en un dolor que habita dentro de nosotros, vayamos donde vayamos.

En el nuevo lugar donde la guerra me ha obligado a vivir, intento cultivar fragmentos de esa sensación. Ordeno mis pertenencias con cuidado. Me aferro a recuerdos tangibles. Creo pequeños rituales para recuperar algo de familiaridad.

Pero hay una parte del hogar que no puede llevarse con nosotros; solo puede echarse de menos.

Y quizá, algún día, si los sueños vuelven a ocupar su lugar en la realidad, si regreso a mí misma y al hogar que una vez existió, no será simplemente un viaje de un lugar a otro. Será el regreso a una versión más ligera de mí misma. Un momento de pertenencia absoluta, en el que todo dentro de mí recupere suavemente el equilibrio.

El hogar es donde comencé y el refugio al que regreso cuando la distancia se vuelve demasiado pesada. Es una presencia que no desaparece, incluso en ausencia: un lugar que vive profundamente dentro de mí, del mismo modo en que yo viví profundamente dentro de él.

La memoria desborda, y también el corazón. Del tejido de nuestra vida cotidiana surge la sencilla belleza del musakhan palestino. Nunca fue solo una comida; siempre fue una historia de hogar y de calidez.

El olor del pan, el eco de nuestras risas, el sabor del aceite y de las aceitunas nos devuelven atrás. Reabren la puerta de la casa que todos dejamos atrás.

El humo ascendente de las cebollas y el zumaque parece guiarnos de vuelta a aquellos momentos de seguridad que una vez conocimos. Cada bocado se convierte en un recuerdo. El plato se transforma en un pequeño abrazo al que nos aferramos intentando ocultar el dolor de la separación.

Nos repetimos que las casas pueden reconstruirse mientras el sabor del hogar siga vivo dentro de nosotros. Pero la verdad permanece: abandonar el hogar es insoportablemente doloroso. Rompe algo muy profundo y nuestros corazones continúan cargando esa herida.

Al final, el hogar trasciende paredes y geografía. Se convierte en un estado de calidez y pertenencia que vive dentro de nosotros. Podemos perder nuestras casas y los mapas pueden volver a dibujarse, pero nuestro verdadero hogar permanece, como un secreto escondido en el corazón.

Y quizá, en un raro momento de claridad, comprendamos que volver a casa nunca consiste de un lugar. Siempre se trata de encontrar el camino de vuelta hacia nosotros mismos.

Estas son las historias del equipo de Islamic Relief Palestina contadas con sus propias palabras. Muchos de nuestros compañeros, como los cuatro anteriores, han sido desplazados desde octubre de 2023 y siguen esforzándose por apoyar a las comunidades en situación de vulnerabilidad mientras intentan reconstruir sus propias vidas.

Ayúdales a seguir siendo un salvavidas para las personas más vulnerables de Gaza. Dona hoy a la campaña de emergencia para Palestina de Islamic Relief.

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