Diario de un viaje indescriptible

Capítulo 7: “Viajar te hace modesto. Te hace ver el pequeño lugar que ocupas en el mundo” – Gustave Flaubert”

27 de agosto de 2019: sentimientos a flor de piel y despedida

Niños refugiados en una sesión de asistencia psicosocial

 

Aquella mañana me había prometido a mí misma no pensar en que era el último día del Summer Activities. Me lo tomaría como otro día más y disfrutaría de cada segundo con los niños y compañeros, o mejor dicho, con mi FAMILIA en el Líbano.

Al igual que en las mañanas anteriores, bajamos a ayudar en el comedor y, después, a recibir a los niños para desayunar juntos. Una vez bien desayunados, todos los equipos fueron a sus respectivas clases. Cuando llegué a la clase cuatro, me di cuenta de que Ahmad, un niño de trece años un poco pícaro pero con una sonrisa contagiosa siempre en la cara, no estaba. Me dio pena saber que no me despediría de él.

Empezamos con la clase de inglés y tenían ¡examen! Pero, no cualquier examen. A través de una actuación, tenían que escenificar lo que habían aprendido en tres grupos. Cada grupo eligió la temática de su actuación: los días de la semana, los meses del año y las partes del cuerpo. Unos más tímidos que otros, se subieron a la tarima y nos mostraron sus representaciones. No faltaron las risas y el baile final con la famosa canción del “baby shark”. Hicimos una pausa de diez minutos para descansar y después continuamos con la clase de ciencias, en la que hicieron experimentos. Eran muy básicos, pero quedaron asombrados al ver como el aceite y el agua no se mezclan o cómo las gotas de colorante de diferente color se iban filtrando a través de una masa de espuma de afeitar para acabar diluidas en el el agua.

Antes de que concluyeran las clases, les dejamos su espacio para moverse tranquilamente por la clase enseñando sus experimentos y conversando. Algunos aprovecharon ese momento para escribirnos dedicatorias y dibujos, que, ¡por supuesto! me traje y conservo como un tesoro. Otros aprovecharon para escribir en la pizarra. En el ambiente, se respiraba una temprana nostalgia y felicidad.

Después de comer, nos dirigimos a la sala en la que solíamos hacer los talleres de asistencia psicosocial. Tras una hora de ejercicios y actividades, llegaba el momento de la ceremonia de clausura. Pero, antes, Amira, la especialista en asistencia infantil, les hizo un pequeño taller sobre cómo externalizar sus emociones y reconocerlas. En círculo y en parejas, todos participamos, mentalizándonos de que el momento que más temíamos se aproximaba. Mi consuelo en ese momento era que aún nos quedaba la excursión a las ruinas de una antigua ciudad omeya, Anjar.

Como se acercaba el momento de irnos y, después no tendría tiempo para subir a la habitación a por una gorra (ya que en esos días el sol pegaba muy fuerte), decidí subir mientras ellos continuaban en el último taller. En las escaleras de la sala, me encontré a Hatim llorando. Hatim, ese niño revoltoso y travieso que era incapaz de estar sentado más de dos minutos, estaba allí sentado y con los ojos llenos de lágrimas. Le pregunté qué le pasaba y me dijo que el dolor de una muela se le estaba haciendo insoportable pese a que por la mañana le dieron un medicamento después de desayunar. Le pedí que me acompañara al otro edificio. Se puso pasta de dientes sobre la muela y Abu Ahmad, el cocinero, le dio unos clavos de olor para calmar el dolor. Se relajó durante unos instantes, pero el dolor reapareció mientras volvíamos a la sala. Me dijo que se quería ir a casa y le animé a que se uniera al resto del equipo y jugase, quizás así olvidaba el dolor. Mi sorpresa fue descubrir al cabo de una media hora que ya no estaba: pidió que le llevaran de vuelta a su hogar. Hatim se había ido, no estaría con nosotros durante la ceremonia de clausura ni en la excursión revoloteando como siempre. Ver parado y sin revolotear a aquel niño inquieto al que, días antes, le habíamos implorado de la mejor manera que estuviese más calmado y atento, me desagradó. No quería verle quieto y, mucho menos, llorando. Esa no era su esencia; quería ver al niño alegre, sonriente y terremoto de siempre gritando “Miss Hana, de verdad que solo estoy bromeando” (siempre me lo decía cuando le cazaba regalando collejas a sus compañeros).  Pero se había marchado y yo no pude despedirme de él.

En la ceremonia de clausura les repartimos a cada uno un diploma. Cada equipo recibió el reconocimiento por alguna cualidad característica de ese equipo. Nuestro equipo rosa destacó por su peculiar marcha en fila. Tras la entrega de diplomas y toma de fotos, nos subimos al autobús para ir juntos a la última excursión programada. Como en todos los trayectos, le pedimos a Wassim que nos deleitara con su dulce voz angelical.

Llegamos a las ruinas del Anjar, una ciudad-palacio omeya declarada en 1984 (año de la fundación de IR) Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. La guía nos hizo una ruta por el interior, explicándonos curiosidades sobre el lugar: el estilo arquitectónico romano que sirvió de inspiración para su edificación, se trata de un enclave con los únicos restos omeyas encontrados en el país, los baños termales y la residencia del califa, etc. Durante las explicaciones, algunos prestaban más atención que otros, las gemelas Nof y Zaynab iban con Shaimaa y Arwa, mientras que los chicos no se despegaban de shekh Adnan y, a mi vera, tenía a Safaa y Sidra constantemente. Me llamó la atención el poco turismo que había y, sobre todo, por las fechas. La guerra en Siria ha matado seres humanos, arruinado la vida de millones e impactado en la propia economía del país y de sus vecinos.

Intenté disfrutar de su compañía al máximo, pero llegó el momento de la despedida. Ese día era el cumpleaños de una de las amistades más bonitas que IR me ha podido regalar: Chaimah Yanati. En 2017, Chaimah y yo tuvimos la oportunidad de viajar al Líbano junto a otros compañeros de Barcelona y Reino Unido. En una de las visitas a los campamentos de refugiados, nos dividimos y ella se fue con Kinda a entrevistar a una mujer viuda con huérfanos. Uno de ellos era Haydar, un niño ciego, poeta y un artista en la fabricación de cestas de mimbre (le regaló a Chaimah una). Por casualidades de la vida, la dulce Batoul que estaba en la clase 4 resultó ser la hermana de Haydar. Nada más ver a Kinda el primer día, la reconoció. Le pregunté si se acordaba de Chaimah y me dijo que sí. Le pregunté si le importaba grabarle un vídeo a Chaimah por su cumpleaños y accedió. Que se sigan acordando por el rato que pasaste con ellos después de dos años creo que es el mejor regalo.

Antes de que los buses arrancaran, les repartimos mantas y la merienda. El invierno en el Líbano es muy duro y, peor aún, si eres un refugiado. Me subí a cada bus para despedirme de todos. Teníamos que volver al Azhar, y de nuevo otra casualidad, fue que me monté en el bus de Batoul, ya que su campamento era el que más cerca estaba de la institución. Durante el trayecto, sentía como se me iba formando un nudo cada vez más grueso en la garganta. Antes de poder bajarme del bus, las lágrimas ya salían a borbotones. Me despedí nuevamente de todos ellos con una sonrisa y fue entonces cuando vi a Batoul llorando.

El bus se marchó y, ya por fin, todos pudimos deshacer ese nudo que nos estaba ahogando. Ya no hacía falta contenerse. ElSummer Activities 2019 había concluido, dejando en nosotros una huella que jamás olvidaremos. Teníamos que recoger y limpiar la sala, en la que tan buenos momentos habíamos pasado en tan poco tiempo. Sehkh Adnan me dio los dibujos que no se habían llevado y los guardé para llevármelos a España. Aquella era nuestra última noche en el Azhar y, después de cenar, todos (Umm Ahmad y su familia, las italianas, los españoles y los libaneses) salimos al jardín, donde cantamos anashid, recitamos el corán y pasamos un buen rato. Durante la velada, vimos cómo drones sobrevolaban por encima de nosotros, alzamos nuestras manos al cielo y saludamos como cuando, de pequeños, solíamos saludar a los helicópteros desde el patio del colegio. Ya bien entrada la madrugada, los bostezos eran una señal de que necesitábamos un descanso urgente. Shekh Adnan nos dedicó unas súplicas personalizadas a cada uno y, entre risas, nos fuimos a las habitaciones.

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